Trisomía cromosómica -II-

Después de 60 años de ejercicio profesional y hablando en el lenguaje popular, me estoy refiriendo a los achuchones, abrazos, miradas, sentimientos, sonrisas, sensaciones y emociones manifestadas de la manera más expresiva, personal, autentica y complacida. Desde antes de nacer hasta “el día de la despedida”. Hablando como mi tío el agricultor, diría que como el trigo, la despedida se produce “el día de la siega”.

Trisomía cromosómica -II-

Ya tenía 20 años cuando un maestro extraordinario, que era catedrático de genética en la facultad de medicina me continuó enseñando lo que mi tío había iniciado, pero que tal vez él nunca llegó a saber: …. Que si el grano de trigo grande y saludable se siembra en tierra normal, y el grano de trigo escuchimizado lo sembramos en una tierra preparada, según los conocimientos científicos y armónicamente enriquecida con los diversos nutrientes que el trigo necesita para crecer, la espiga del grano grande y saludable en tierra sin preparar era muy semejante en todo, a la espiga que brotaba del grano pequeño cultivado de este modo tan especial (invernadero o invernáculo)

En esta experiencia no trabajé con espigas. Lo hice con células procedentes de un cariotipo humano en un laboratorio biológico donde criterios científicos definían, explicaban y predecían el fenómeno del desarrollo del proyecto genético que estábamos empezando a estudiar

Las células, igual que los granos de trigo, vivían y se desarrollaban mediante intercambios biológicos con el medio, pero ahora en el laboratorio biológico, mediante las técnicas de análisis físico-químico y con la investigación ultramicroscópica, podíamos estudiar el cómo, el cuándo, las causas y muchas veces la velocidad, la intensidad y la calidad con la que se producían estos intercambios.

Como consecuencia podíamos intervenir en todas estas circunstancias y modificar en uno u otro sentido el resultado del desarrollo celular.

Los resultados del desarrollo dependían de la dotación genética (grano de trigo). Ahora estudiando los efectos que las reacciones físicas, químicas y biológicas producían sobre el desarrollo celular, fui estudiando y aprendiendo a utilizar los efectos que cada una de las reacciones que íbamos experimentando producían sobre el desarrollo final de cada una de las células.

Llamaba nuestra atención que las diferentes modificaciones que nuestra intervención producía en las diversas funciones de las células sobre las que estábamos investigando. Las modificaciones que íbamos siendo capaces de producir en el fenómeno biológico del desarrollo celular, lo mismo podían servir para mejorar las posibilidades de la dotación genética que para impedirlas o alterarlas en cualquier sentido.

Tuvieron que pasar algunos años más, para que a los conocimientos que esta segunda experiencia añadió a mi estructura profesional y mental, se añadiera una tercera experiencia que ya no tuvo como campo de trabajo en la materia orgánica ni la ciencia que estudia sus leyes. Fui aprendiéndola poco a poco con la práctica a la que dediqué toda mi capacidad y mi ilusión; a la estimulación, activación, integración de lo que en la sociedad de aquellos tiempos se conocía como “los mongólicos”.

La existencia científica de tres cromosomas en el par G-21 del cariotipo de algunos seres humanos se había denominado síndrome de Down, pero a nivel popular estos seres humanos se conocían por su apariencia física que les confería una cierta semejanza con algunas razas orientales y de ahí, la denominación popular.

Algunas circunstancias particulares de aquel momento de mi vida me impulsaron a dedicarme con especial atención a la creación de un consultorio médico dedicado a orientar a los padres, familiares y educadores profesionales que tenían la responsabilidad de “cultivar” estos seres humanos que parecían orientales y que demostraban una dotación genética distinta a la normal y claramente inferior en cuanto al desarrollo final de diversas cualidades psicobiológicas de gran importancia social.

Cuando tenía muy pocos años, mi tío gravó de forma indeleble el conocimiento de que, de los granos de trigo “escuchimizados” se originaban espigas de poca calidad, pero en el laboratorio de mi maestro en genética, aprendí trabajando con el estudio de los cariotipos, que si optimizábamos artificialmente de manera armónica las cualidades biológicas, bioquímicas y biofísicas del entorno orgánico y psicológico donde tenía que desarrollarse el proyecto genético, se podía mejorar significativamente “el resultado final de la cosecha”.

En los miles de casos que he atendido con niños diagnosticados de trisomía genética (algunos que no presentan la trisomía en el cromosoma G-21), he ido descubriendo que en el caso de los seres humanos con trastornos genéticos, además de mejorar el entorno biológico para adecuarlo lo mejor posible a las necesidades que requiere el desarrollo óptimo del proyecto genético trisómico, era útil, necesario e imprescindible activar, estimular, optimizar, incentivar y mejorar “el resultado final de la cosecha”, con abundantes dosis de expresiones emocionales y de la oferta absoluta de todos los afectos elementales con las motivaciones personales más intensas, sinceras y complacidas. 

Después de 60 años de ejercicio profesional y hablando en el lenguaje popular, me estoy refiriendo a los achuchones, abrazos, miradas, sentimientos, sonrisas, sensaciones y emociones manifestadas de la manera más expresiva, personal, autentica y complacida. Desde antes de nacer hasta “el día de la despedida”. Hablando como mi tío el agricultor, diría que como el trigo, la despedida se produce “el día de la siega”. Cuando la espiga convertida en gavilla se marcha en el tractor camino del molino de harina.

Como persona y como profesional “cultivador de cerebros”, mi objetivo final, es que el día de la siega, cualquier ser humano, sea cual sea su dotación genética haya llegado a un nivel de desarrollo, que le permita descubrirse a sí mismo a la par que descubre a su CREADOR… ¡¡¡ y enamorarse de ambos!!!

El recién nacido humano además del desarrollo biológico y de todas las funciones orgánicas que aquel desarrollo le concede, es capaz de emocionarse, reconocerse y gozar o sufrir con este conocimiento vivencial; ama, ríe y llora (a veces a la vez), y día a día, va construyendo el conocimiento de su propia identidad (consciencia) a través del desarrollo biológico de su cerebro y del desarrollo psicológico de su personalidad.

En mi profesión de cultivador de cerebros, mi objetivo principal y fundamental no consiste simplemente en desarrollar las funciones sociales incluido lo económico (aunque es uno de los elementos básicos en la construcción de la persona) Desde el principio pretendí, y sigo pretendiendo ser, vivir personalmente y enseñar a todos cuantos quieran aprenderlo, a desarrollar con plena consciencia y máxima fidelidad, la esencia de ser y expresar con dignidad la identidad de hijos de Dios.


Dr. José Moyá
Diagnóstico y tratamiento educativo

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